lunes, 27 de febrero de 2012

El eclipse de las Humanidades

Este es el subtítulo de "Adiós a la Universidad", interesante libro de Jordi Llovet (Galaxia-Gutemberg, 2011), catedrático de Literatura Comparada de la Universidad de Barcelona, que se ha acogido recientemente a la jubilación anticipada, ante el cariz que está tomando la enseñanza universitaria con el Plan Bolonia. Al hilo de su trayectoria como estudiante, doctorando y profesor universitario, repasa la historia de la Universidad y el papel de los intelectuales desde la época clásica hasta la actual y critica con contundencia los derroteros hacia los que se encamina la enseñanza: pragmatismo, utilitarismo, endiosamiento de la economía y de la tecnología, arrinconamiento de las Humanidades frente a sabiduría, amor al conocimiento, a la palabra hablada y escrita, a la lectura, al respeto de las formas... La lectura de este libro resulta enriquecedora. Además, el autor muestra una actitud respetuosa con el papel de la religión y del cristianismo desde una postura más bien agnóstica. Además, está expuesto de un modo bastante ameno, con interesantes y variadísimas citas y divertidas anécdotas. Luis Ramoneda

viernes, 17 de febrero de 2012

Sobre el mal

En "Psicología y vida espiritual", sugerente libro del teólgo y médico Joan B. Torelló, fallecido hace unos meses en Viena, donde vivió durante muchos años, al preguntarse sobre la presencia del mal y del sufrimiento en el mundo, dice: "podríamos estar todos de acuerdo en asegurar que el pecado es el agente patógeno más nocivo que existe en la sociedad: si milagrosamente desapareciesen de golpe las enfermedades y sufrimientos físicos que provienen del orgullo (violencia contra las personas y los pueblos, guerras con todas sus secuelas inmediatas y a largo plazo, cruentas, infecciosas, etc.), las producidas por la gula (enfermedades metabólicas, alcoholismo, trastornos circulatorios, etc.), y las que origina la vanidad (excesos competitivos, incidentes, maledicencias, etc.), así como las causadas por la lujuria (enfermedades venéreas, sida, trastornos endocrinos diversos, etc.), pecado al que contribuye -al igual que a los demás y, por tanto, a los males y dolores que comportan- una red inextricable de cooperadores y propagadores: escritores, periodistas, fotógrafos, médicos imprudentes, farmacéuticos, publicitarios, políticos, editores, industriales...; si además lográsemos eliminar las consecuencias patológicas de la indolencia, la testarudez, la avaricia, el ansia de poder, la mentira, el espíritu de venganza, el fraude y el odio..., entonces nuestro mundo se transformaría de tal guisa que sería irreconocible: en un mundo sin pecado, al sufrimiento físico no le quedaría más que un campo restringidísimo" (págs, 154-155). Luis Ramoneda.

jueves, 9 de febrero de 2012

Jérôme Lejeune

Supe del Dr. Jérôme Lejeune cuando fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Navarra –en mayo del año 1974–, de la que por aquellos años yo era alumno de la Facultad de Filosofía y Letras. Después, seguí, a través de los medios de comunicación, las noticias sobre su tarea científica, por la que hubiera merecido sin duda el Premio Nobel de Medicina, puesto que ha sido uno de los pioneros de la ciencia genética. Aunque lo que más me interesó fueron las informaciones sobre su defensa inquebrantable de la vida humana, lo que, además de privarlo del citado galardón, supuso que fuera denostado sin piedad en ciertos ambientes políticos, culturales, científicos y en algunos medios de comunicación muy influyentes.
Acaba de traducirse al castellano la breve semblanza escrita por su hija más pequeña, Clara, en 1997: "La dicha de vivir" (Rialp. Madrid, 2012). Un libro ameno y excelente, donde el perfil humano del profesor Lejeune queda magníficamente expresado: un hombre de una gran sensibilidad y cultura, para quien la ciencia era un arte y la medicina una tarea ante todo humanitaria. Un padre de familia entrañable y una persona de fe, coherente hasta el final. Prueba de ello es que Juan Pablo II le pidió que fuera uno de los impulsores de la Academia Pontificia de la Vida. Además, perteneció a la Academia Pontificia de las Ciencias, que llegó a presidir poco antes de su fallecimiento. Un libro cuya lectura nos invita a ser mejores personas. Luis Ramoneda

martes, 31 de enero de 2012

Boletín de Ayuda al Redactor

Boletín de Ayuda al Redactor
Febrero de 2012

LEÍSMO y LAÍSMO

Revisar los textos siguientes:
Soluciones:

1. A un vecino, después de robarle la cartera, le golpearon; s: A un vecino, después de robarle la cartera, lo golpearon (es más correcto “lo”, por ser complemento directo. En caso de duda, póngase la frase en femenino –“A una vecina, después de robarle el bolso, la golpearon”¬– y se verá claro que se trata de un complemento directo. La Real Academia admite “le” para complementos directos cuando se refieren a personas masculinas, pero esto más bien genera confusión).

2. Los que le conocieron hablan muy bien de Marcelo; s: Los que lo conocieron hablan muy bien de Marcelo (cfr. n. 1: “los que la conocieron hablan muy bien de Marcela”).

3. ¿Has visto a Juan? No le he visto; s: ¿Has visto a Juan? No lo he visto (si fuera María, no dudaríamos en escribir “la”).

4. A mi prima, la di un empujón, porque me había quitado la merienda; s: A mi prima, le di un empujón, porque me había quitado la merienda (el complemento directo es empujón, el pronombre personal es el complemento indirecto: "le" tanto para el masculino como para el femenino).

5. Al abuelo, no le molestéis; s: Al abuelo, no lo molestéis (en femenino: “a la abuela, no la molestéis”; "lo" y "la" son complemento directo).

6. A Juan, la lectura de Antígona le llevó a interesarse por los estudios humanísticos; s: A Juan, la lectura de Antígona lo llevó a interesarse por los estudios humanísticos (cfr. 1).

7. A los buenos maestros, hay que escucharles e imitarles; s: A los buenos maestros, hay que escucharlos e imitarlos (para salir una vez más de dudas, póngase en femenino: “A las buenas maestras hay que escucharlas e imitarlas”).

8. Conviene pensar en actividades que les ayuden a descubrir la importancia de la lectura; s: Conviene pensar en actividades que los (o “las”, si se refiere a mujeres) ayuden a descubrir la importancia de la lectura.

9. A mi primo Eduardo, le quiero mucho; s: A mi primo Eduardo, lo quiero mucho (por la misma razón –se trata de un complemento directo–, se dirá: “A mi prima Valeria, la quiero mucho”).

10. Los de su propia familia no le recibieron, no le reconocieron e incluso lo reprocharon su conducta; s: Los de su propia familia no lo (la) recibieron, no lo (la) reconocieron en incluso le reprocharon su conducta (aquí se puede ver la distinción entre "lo" y "la" como complemento directo y "le" como indirecto, tanto para el masculino como para el femenino. El complemento directo de la última frase es "su conducta").

11. A Marisa, no la dije nada; s: A Marisa, no le dije nada ("le" porque se trata de complemento indirecto, lo mismo que "a Marisa"; el complemento directo es "nada").

12. Puso trampas al mapache para tenerle controlado; s: Puso trampas al mapache para tenerlo controlado ("lo" porque es complemento directo; además, como no es de persona, en este caso no es admisible usar "le").

En caso de duda, no hay que fiarse del oído, sino de la gramática.

Luis Ramoneda (Madrid, 1 de febrero de 2012)

viernes, 20 de enero de 2012

Errata

Hay una errata en la entrada sobre Carlos Pujol: nació en Barcelona en 1936 y no en 1926, como figura en el título. Luis Ramoneda

Carlos Pujol (1926-2012)

Fue un hombre bueno y recto, al que tuve la fortuna de conocer, y un gran escritor. Dedicó su vida a la literatura sin buscar el aplauso, sino con un trabajo serio y constante, que estoy convencido de que con el tiempo recibirá la valoración que merece. Poseedor de una gran cultura, experto en literatura inglesa y francesa, fue un excelente traductor de importantes escritores, clásicos y modernos, en esas lenguas; y ensayista, narrador, columnista, crítico literario y poeta. Durante algunos años, se dedicó también a la docencia. La discreción, la amabilidad, el sentido del humor eran virtudes que destacaban en el trato con él. Merece la pena leer sus libros, muy personales, con una ironía sutil y un cosmopolitismo poco frecuente en los pagos literarios de por aquí. Sugiero algunos títulos, aunque sin ninguna pretensión de exhaustividad: en prosa: “El otoño en Crimea”, “Los secretos de San Gervasio”, “Dos historias romanas”, “Cuadernos de escritura”, “Los fugitivos”… Sus poesías completas están editadas en la colección “La Veleta” de la editorial Comares en 2007, pero hay que añadir su último libro, publicado el pasado otoño: “El corazón de Dios” (Ed. Cálamo). A él pertenece el siguiente poema:

“Todo es incalculable, como tuyo,
el aire de la vida
y hasta los hondos sueños que la pueblan;
los regalos sorprenden
como miel que se esconde en días ásperos
y no se deja ver la mano oculta
(la discreción es marca de la casa).
Uno piensa en hallazgos de tesoros
descubiertos a fuerza de listeza,
y entonces tu sonrisa acaba siendo
la dulce explicación de lo que somos.”



Luis Ramoneda

viernes, 13 de enero de 2012

Río Paisano

Joaquín Antonio Peñalosa (San Luis Potosí, 1921-1999), sacerdote, poeta y ensayista, es uno de los más destacados escritores mexicanos del siglo pasado, académico de la lengua desde 1955. "Río Paisano" es un poemario póstumo, el primero de Peñalosa que se edita en España, gracias a la Fundación sevillana Altair (Cuadernos Númenor, 24). El próximo miércoles, 18 de enero, a las 19.30 h, habrá un acto de presentación del libro en la sede madrileña del Instituto Mexicano (Carrera de San Jerónimo, 46). Ofrezco como muestra de este magnífico libro -buena síntesis de toda la obra poética de Peñalosa, como señala Fernano Arredondo en el prólogo-, el último poema, un soneto:

MUERTE NO ES MORIR

Si ya vas a venir, hazlo más tarde,
aunque mi luz apenas parpadea,
no es que a vivir me aferre, no es que crea
que convertirme en polvo me acobarde.

En mi invierno, el jardín florece y arde
y, a pesar de mi noche, el sol flamea;
deja que se retarde tu tarea,
deja mi río y que tu mar aguarde.

Pero si no seré jamás lo que persigo,
si del árbol de ayer quedó una astilla,
a qué esperar la muerte tan sencilla.

Mi llaga en paz y mi cizaña en trigo,
Dios besó al pecador en la mejilla,
y muerte no es morir si estoy contigo.