viernes, 20 de agosto de 2021

FE CRISTIANA Y ANTROPOLOGÍA TEOLÓGICA EN LA FICCIÓN DE JOSE MARÍA MERINO

Fe cristiana e Iglesia Católica, amor, libertad, identidad, comunicación, fin y sentido y su pérdida: las patologías espirituales contemporáneas en sus ensayos, novelas y relatos cortos. 


I. INTRODUCCIÓN:

En este trabajo pretendo acercarme a la obra de José María Merino, uno de nuestros grandes escritores vivos. 

El punto de vista que he adoptado es señalar su relevancia en nuestra gran tradición literaria y resaltar cómo está presente en su obra y en sus personajes la fe cristiana y su desarrollo en la historia, que es la Iglesia Católica. Adelanto las conclusiones principales que, en mi opinión, se desvelan al estudiar su obra, o al menos a las que he llegado en este estudio: como casi todos los escritores españoles de su generación –nació en 1941-, ha recibido una formación cristiana y se nota en el conocimiento que tiene de ella; como un cierto porcentaje de los escritores de su generación, desarrolla una aproximación algo crítica, pero en su caso, respetuosa, a la fe cristiana y a la Iglesia Católica; y una última idea: en sus personajes se desvela un concepto de la persona humana de raíz cristiana, pues elabora sus relatos con una antropología teológica de matriz cristiana –libertad, memoria e identidad, relaciones y las consecuencias de su pérdida-, no expresada explícita, sino implícitamente. Desde mi punto de vista, en él se cumple el pensamiento del filósofo italiano Benedetto Croce: “No podemos no llamarnos cristianos” , refiriéndose a esto: una persona que ha crecido en el ambiente cultural europeo, ha bebido como por ósmosis una concepción de la persona humana que brota de la cultura grecolatina informada por la tradición judeocristiana. 

Y en primer lugar la ha experimentado en el hogar familiar con las tradiciones populares que se suelen vivir en todos los hogares de España, como p.e. poner el Belén por Navidad:

 

Mi madre ponía en los belenes 

mucho fervor. 

Repartía localizaciones

de accidentes geográficos, de oficios

y cabañas. (…)

Decía que mi madre ponía en los belenes

fervor estamental

y aunque nunca el castillo de Herodes

tuvo en sus explanadas Matanza de los [Inocentes

lo cierto es que todas las funciones

eran rígidamente repartidas:

los artesanos tenían su propio barrio

y había una posada, una era, un molino,

y viendo el firmamento de forro azul, con todas

las estrellitas recortadas

y a su través la luz parecía

venida del hondísimo universo,

se sabía que el portal era sólo un pretexto

y que aquello era el mundo, asumido

con infinita resignación por cada figurilla.

Y mi madre mullía el musgo,

aplanaba el serrín, clavaba las palmeras,

obligaba

a su papel a todo personaje

diciéndole, Tú aquí, y adelantando

cada día un poco más los Reyes (…)  

También conoció en su infancia otras costumbres cristianas como la atención a los mendigos para darles de comer que se hacía con periodicidad en las casas, fruto de la caridad cristiana, reflejada en ese poema Quién podrá olvidar alguna vez la urgente / avidez del mendigo . O la evocación del domingo: Mañana de domingo…  o del colegio donde estudió la enseñanza primaria y secundaria y seguramente el bachillerato: “(…) Del mismo modo que en cualquier jornada desgranaban / las órdenes, los rezos, los apercibimientos, / las consideraciones y las quejas / sin enterarse. // Ensuciaban pizarras, servilletas (…)” . También los recuerdos de las clases de Religión en el colegio, no suficientemente explicada o asimilada, evocadas con un ligero talante crítico en el poema Hubo una pertinaz sequía en Galilea ; y la historia de la Iglesia También yo estuve en Trento y lo vi todo ; y la memoria amable del profesor y clérigo D. Antonio de Lama, del poema Cuando murió recuperamos el recuerdo .

Siempre José María Merino ha resaltado el atractivo que le producía el encuentro de la historia con el mito, y cómo “el pasado no ha muerto, permanece en nosotros, pues somos mucho más pasado que futuro”. Es elocuente este pasaje de su artículo “Novela e historia”:

En mi propia experiencia como narrador, la práctica de la novela histórica –una parte de mi obra- tiene mucho que ver con el gusto por el pasado mítico como estímulo para la imaginación. Siempre he sentido una especial emoción intelectual y sentimental ante el mito, y creo, además, -frente a la relativización del continuum histórico que parece prevalecer en ciertas actitudes actuales y, frente a la idea del tiempo social como simple fragmento o ‘compartimento estanco’ e independiente, especie de ahora desvinculado de toda secuencia-, que el pasado no ha muerto, que permanece en nosotros, que somos mucho más pasado que futuro .

José María Merino a veces se refiere explícitamente a la tradición grecolatina y judeocristiana, con frecuencia con una distancia amable, como en este relato titulado Génesis 3, recogido en Cuentos del libro de la noche, género en el que es un reconocido maestro:

Aquella mañana empezamos a ver las cosas más claras: la complejidad del universo, la evolución de los seres vivos, que sobre un punto de apoyo se podía levantar el planeta, que era la Tierra la que giraba alrededor del Sol y no al contrario y, sobre todo, intuimos que la existencia es un misterio indescifrable. No habían pasado ni dos horas cuando llegó el guardia con la carta de desahucio: el casero había conseguido echarnos a la calle. Nos vinimos a este lugar tan frío, tuvimos hijos. Del resto saben ustedes mucho más que nosotros. El caso es que aquella mañana, en el desayuno, habíamos compartido una manzana .

Pero ordinariamente sus referencias a la gran tradición grecolatina y judeocristiana son implícitas; en esa gran corriente fluye su narrativa; veamos algunas citas en sus escritos; p.e., la literatura como remanso de paz para lo sagrado:

Durante muchos años, en el proceso de secularización la novela ha venido ayudando a hacer desaparecer el dominio inmutable e intemporal de los dioses. Sin embargo, en estos momentos, acaso la novela sea uno de los pocos instrumentos capaces de suscitar un tiempo remansado, de cierta inmovilidad. (…) Frente al torrente insoslayable de noticias, chismorreos y mensajes de índole política y mercantil, acaso sea pues en las ficciones literarias donde puede permanecer un reducto que, aunque ya no pertenezca a los dioses, sino a los humanos, seguiría recordando la naturaleza permanente de lo sagrado .

Merino ve en la novela “un depósito del sentido originario de los mitos” y de la identidad:

… pese a su condición de instrumento secularizador de la sensibilidad y de la reflexión, la novela sigue siendo un depósito del sentido originario de los mitos: los mitos pretendían mostrar modelos de comportamientos y de sucesos decisivos para la existencia misma de los seres humanos y de las cosas del mundo, dados para siempre, como hechos sagrados, sin posibilidad de mutación. (…) aunque parezcan contraponerse, mito y novela pertenecen a la misma estirpe, y tanto uno como otra, frente a la azarosa e ininteligible amalgama de acciones y sucesos que componen, pretenden resaltar lo significativo, darle forma, fijarlo como experiencia imaginaria eso que llamamos la realidad .

Como acabamos de leer, Merino tiene un hondo sentido del pasado y de lo sacro y, aunque lo desvincula explícitamente de su origen en la religión y en Dios, adscribiéndose a la presente secularización, nos parece más una declaración de intenciones y, tal vez, un tributo a corrientes culturales contemporáneas que no distinguen suficientemente las distintas secularizaciones, algunas conformes con una visión cristiana de la vida, como por ejemplo, la secularización no laicista  propuesta por Charles Taylor . Esta gran tradición se percibe en las fuentes de las que ha bebido desde niño, pues Merino comenzó su formación de escritor en la biblioteca de su padre. Y su elaborado concepto de la narrativa y la ficción proceden de esa fuente…


1. La biblioteca de su buen padre, Bonifacio Merino

Efectivamente, para entender al gran escritor que es José María Merino hay que buscarle siendo niño en la biblioteca de su padre, leyendo las largas tardes de invierno, aprendiendo a explorar el mundo y la vida a través de la ficción. Es elocuente el pasaje del discurso de Contestación de Luis Mateo Díez al ingreso de José María Merino en la RAE: 

En el León de esos primeros años, (…) la biblioteca familiar fue el lugar de los primeros viajes de la imaginación, el espacio afectivo de los libros, donde Merino descubre los autores que le deslumbrarán con la narración de aventuras que implicaban las historias de los comportamientos humanos, la fascinación más inmediata de lo literario –Verne, Stevenson, El Lazarillo, Hoffman, Poe, Chéjov, Clarín, Valle-Inclán-  un viaje iniciático que, en la biblioteca familiar, se compagina con el fervor que promociona una desbordada curiosidad que se satisface en las enciclopedias y los diccionarios. Una buena biblioteca familiar, en tiempos precarios y oscuros, es un regalo de los dioses. La que Merino tuvo a su alcance estaba avalada por la sensibilidad y el criterio de su padre, un hombre que valoraba ese tesoro de los libros como el mejor legado para sus hijos .

Y continuaba más adelante en el discurso Luis Mateo Díez:

Desde esta tarde tienes, José María, un sillón que colma el sueño de aquel niño que fuiste, fascinado precisamente por eso, por la aventura de las palabras en los diccionarios y enciclopedias de tu infancia, que abrieron el mundo a la aventura de la vida y a la aventura de la literatura .

También es esclarecedor este texto del discurso de ingreso de José María Merino en la RAE:

En los tempranos inicios de mi experiencia de lector de novelas y cuentos, (…) me encontraba con términos insólitos: jarcias, cofas y obenques, basaltos, áloes y mucílagos, ámbitos australes, boreales y abisales, azagayas, jáculos y macanas…, pero también descubrí en la biblioteca de mi buen padre, Bonifacio Merino, el instrumento necesario para descifrar tantos términos extraños e ininteligibles. Y, a menudo, consultar el diccionario me deparaba un nuevo viaje mental, una aventura interior que me iba haciendo fondear de palabra en palabra, como un bergantín en las islas del más denso archipiélago. (…) Aquellas visitas de mi niñez y adolescencia al diccionario van a transformarse para mí en la más certera y directa de las exploraciones verbales. (…) Además se me asigna un sillón identificado con la misma letra que es la inicial de mi apellido, pero también de palabras que, como madre y música, pasando por madurez, magia, manantial, mar, melancolía, memoria, mestizaje, metamorfosis, montaña, mito o muerte, hacen resonar para mí un eco singular en la literatura y en la vida. ¿Puedo decir más en el campo de lo simbólico? .


2. La extensa obra de un escritor premiado y en activo

Señalamos brevemente algunas de sus obras: Trilogía de Novelas de la Historia, compuesta por Las visiones de Lucrecia, El heredero y La sima; Trilogía de Novelas del mito, compuesta

por El caldero de oro, La orilla oscura y El centro del aire; Trilogía Las crónicas mestizas, compuesta por El oro de los sueños, La tierra del tiempo perdido y Las lágrimas del sol. Otras novelas son: Musa Décima, El río del Edén, Los invisibles, Novela de Andrés Choz. Numerosas novelas infantiles y juveniles, novelas cortas, ensayos, memorias y muy numerosos libros de cuentos. Ha reunido su obra poética en Cumpleaños lejos de casa. Obra poética completa.

En sus 79 años ha obtenido el Premio Nacional de Narrativa (2013), Premio de la Crítica de Castilla y León (2013), Premio Castilla y León de las Letras (2008), Premios Fundación Germán Sánchez Rupérez, Salambó, Torrente Ballester, Ramón Gómez de la Serna, NH, Miguel Delibes, Novelas y Cuentos. Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil (1993), Premio Nacional de la Crítica (1986). Es miembro de número de la RAE desde 2008. 

Destaca José María Merino como uno de los más reconocidos autores y teóricos del género del cuento y relato corto , de modo que “se puede afirmar, sin lugar a duda, que es uno de los autores actuales de mayor prestigio, reconocido tanto por el público lector como por la crítica” , pues, junto a sus compañeros de generación, ha sido testigo excepcional y a veces ha participado activamente en el aliento renovador del experimentalismo en la narración, pero también ha visto “el alejamiento de los lectores a causa de los excesos formales de la narrativa española entre 1967 y 1975; él con otros, dieron un nuevo enfoque a su trabajo después de reflexionar con serenidad sobre la función de la literatura en la sociedad” . 

¿Qué hicieron?: “recuperaron el gusto por la narración tradicional, por la trama y el argumento, pero sin olvidar los avances y los procedimientos técnicos de la modernidad; se despojaron de los explícitos compromisos políticos, pero sin olvidar las circunstancias generacionales (…); dieron entrada en sus obras a la fantasía y la imaginación (…). Esto llevó  al aumento del número de lectores de narrativa española (…) Dieron prioridad a la anécdota, a la creación de personajes, a la estructura casi transparente y a un lenguaje de estilo impecable (…). La generación de 1980-2000 ha cubierto un ciclo de gran vigor en la narrativa española (…) Y José María Merino es uno de los grandes protagonistas de este cambio narrativo” .


II. LA FICCIÓN COMO FUENTE DE CONOCIMIENTO


1. La ficción como modo de conocer la realidad y hacer comprensible el mundo

José María Merino emplea el afinado instrumento de la ficción no sólo para relatar y explorar la historia, sino para comprender la realidad y el mundo. El título del Discurso de ingreso en la RAE es significativo: Ficción de verdad, “la ficción literaria me sirve para afrontar eso que llamamos realidad” , porque “no fue el ser humano quien inventó la ficción, sino que la ficción inventó al ser humano” , la llamada “paradoja fundacional”, pues: 

no creo descabellado pensar que la ficción vino a ser la primera herramienta, el recurso inicial de la mente de los seres de nuestra especie para intentar entender y dar alguna forma, cierto orden inteligible, al mundo adverso, huraño, opaco, inescrutable, en el que se encontraban, y a su propia existencia. Estoy hablando de un tiempo muy anterior a la filosofía, a la metafísica, a la ciencia. Muy anterior incluso a la formulación de los mitos tal como los conocemos, ya en una época de la memoria sistematizada por la cultura escrita o por una oralidad ritualizada .

Estas ficciones orales en pueblos primitivos, anteriores incluso a la cultura agrícola y al uso de la cerámica, constituyen un riquísimo patrimonio de ficciones “a  través de las cuales conseguían hacer comprensible el mundo en que se encontraban” .

La ficción es un acercamiento a la realidad por “un camino distinto del de la pura crónica y no pretende adscribirse a la mentira o a la verdad, porque la buena ficción siempre resulta una revelación, mediante lo simbólico, de lo que la realidad esconde” . 


2. La ficción, modo de conocer el alma humana

Pero no sólo la ficción ayuda a comprender la realidad y el mundo, sino que ayuda a comprenderse a uno mismo, a entender cómo somos, cómo es el alma humana. Y la ficción se interpreta por la razón, pero el protagonismo le corresponde al conocimiento por intuición, como la poesía, “porque la ficción hay que sentirla” , porque uno de los destinos primarios de la ficción es “rastrear en la parte más enigmática de lo que nos constituye, para hacernos comprender con mayor nitidez lo que somos, también desde lo obscuro y lo poético” : 

La literatura, la ficción, es pues un modo específico, incomparable, de desvelar ciertos aspectos de la realidad. Incluso es posible que la ficción sea capaz de crear una realidad propia, exclusiva .

Con la ficción logramos “penetrar en los recovecos del alma humana con una finura”  que acaso nunca seamos capaces en la vida real. “Privados de este instrumento que nos ha ido dando signos o reflejos certeros de nuestra condición, los seremos humanos no seríamos capaces de comprendernos a nosotros mismos” . Para conocer científicamente el alma humana: “No es raro que, cuando desde el positivismo científico se intenta crear una ‘ciencia del alma’, se busquen los nutrientes en la literatura” . P.e.: “Freud fue capaz de descubrir en la ficción un conjunto relevante de respuestas a los arcanos de la conducta humana, aplicables incluso a su propia biografía” .


3. La ficción como modo de conocer la propia identidad

Y a través de la ficción, podemos reconocer nuestra propia identidad:

En cuanto al tema de la identidad, sin duda alguna está en todo lo que escribo. Este narrador intenta ordenar el mundo en sus ficciones para ordenarse ante todo a sí mismo. Las narraciones nos ayudan a comprender el caos de los sucesos, o al menos, a asumirlos mejor, y con ello a comprendernos y asumirnos más certeramente a nosotros mismos .

Identidad propia, como la de toda vida humana, que no está fijada, sino sometida en parte a evolución, que es en parte naturaleza y en parte historia, esa “tensión entre el ser y el cambiar”:

En la identidad entran componentes que tienen que ver con la memoria y por lo tanto con el tiempo, y también con el sueño y con el mito. (…) En cuanto narrador, esa reflexión sobre la identidad, con sus faces contrapuestas de verdad y quimera, ha sido y es un elemento básico de mis ficciones. Una memoria confusa, tramposa, nos induce continuamente a viajes engañosos en el tiempo que fuimos, y en esos viajes podemos descubrir dentro de nosotros a otro que desconocíamos, o fragmentos insospechados, o estadios de impensables transformaciones. Acaso estamos hechos de dos partes que se ignoran entre sí, acaso provenimos de lo que más creemos aborrecer .

Pero el conocimiento y la posesión pacífica de esa identidad es indispensable para vivir:

“En la vida ordinaria necesitamos la seguridad de saber que las puertas de lo cotidiano se abren a espacios de familiar apacibilidad: Cunado la desdicha nos sacude, algunas de esas puertas muestra que la apacibilidad puede no ser la verdadera forma de las cosas que nos rodean cada día. Pero sería muy duro, acaso insoportable, mantener esa permanente lucidez sobre nuestro destino y el de todo lo que nos pertenece. La vigilia debe acostumbrarnos a cierta esperanza de felicidad” .


4. La ficción como modo de afrontar el dolor y la adversidad

José María Merino piensa también que la literatura y más concretamente la ficción, puede ayudar a conocer y afrontar la adversidad:

La literatura es el medio adecuado para descubrir y señalar esos acechos tenebrosos y hasta para reconciliarnos con ellos, si tal cosa fuera posible. En literatura, las puertas familiares, al abrirse, pueden no concedernos el refugio inmutable de una domesticidad segura y confortable, sino una presencia adversa y hasta peligrosa. (…) Desde tales perspectivas me atrevo a considerarme cronista de lo inquietante, narrador de ciertas sombras invisibles, no sé si negras, como en el poema de Rosalía, que están continuamente flanqueando los espacios al parecer diáfanos y las dimensiones  verificables, mensurables, de eso que conocemos como realidad .

Es la literatura un “medio de descifrar la existencia distinto de la filosofía, la metafísica, la economía, la política o la ciencia, y tiene la gran virtud de poder infiltrarse con naturalidad en todas las zonas oscuras e invisibles que rodean las apariencias más serenas de lo cotidiano” .


5. La ficción como modo de conocer la historia del hombre y saber de dónde venimos

También la ficción ayuda a conocer la historia, cómo ha sido la vida del hombre en tiempos pasados y saber de dónde venimos. En efecto, la literatura es un instrumento imprescindible, pues a través de la novela de cada época se conocen de modo profundo ambientes y personas: 

el siglo XIX se puede estudiar desde la historia, pero para entenderlo en sus claves humanas profundas hay que acudir a la literatura. Si solamente analizáramos la información estadística acumulada en archivos y registros sobre nacimientos y muertes, alimentación y epidemias, las crónicas de sucesos, los censos y relaciones de contribuyentes, estamentos y clases sociales, oficios y profesiones, los roles laborales en lo agrícola, en lo pesquero, en lo minero y en lo fabril, los conflictos sociales o bélicos, la actividad policial, los sistemas de comunicaciones, es decir, los conjuntos de datos, fechas y cifras de la vida colectiva de ciertos países, p.e. Inglaterra, Rusia, Francia y España en esa época, apenas llegaríamos a vislumbrar la multiplicidad de factores comunitarios y los sentimientos individuales que, sin embargo, surgen con segura naturalidad en las novelas y cuentos literarios: las hermanas Brontë, Dickens, T. Hardy; Pushkin, Chéjov y Tostói; Balzac, Stendhal y Zola: Emilia Pardo Bazán, Clarín y Galdós nos muestran, a través de las ficciones, unos panoramas sociales y familiares, urbanos y rurales, inmediatamente accesibles, más allá de las estadísticas y de las reseñas puramente históricas, con las claves certeras de la urdimbre social y del componente moral; Porque la novela, la ficción, la verdad poética de la literatura desentraña la realidad de una forma que, por muy imperfecta que pueda ser, jamás podrá llevar a cabo el estudio más refinado de los puros datos y de los meros hechos .


III. LA MIRADA DE MERINO A LA FE CRISTIANA Y LA IGLESIA CATÓLICA

Para este apartado he elegido dos novelas significativas de José María Merino, El Oro de los sueños, de la Trilogía Las Crónicas Mestizas y Las visiones de Lucrecia, de la Trilogía de la historia. El análisis será necesariamente breve, por la limitada extensión de este trabajo, y exige ulteriores profundizaciones.

1. “El oro de los sueños”

Dentro de este contexto de nuestra historia, Merino ha publicado una trilogía ambientada en los siglos XVI y XVII en América, titulada Las Crónicas Mestizas. No faltan en estas historias personajes eclesiásticos corruptos, como en El oro de los sueños, que trata de una expedición en busca de oro. Uno de los personajes es un fraile codicioso, Fray Bavón, que le roba a Miguel –narrador y protagonista- y a Juana el tesoro que habían encontrado y huye; más tarde se lo encuentran moribundo por una picadura venenosa y pide a Miguel que le escuche en confesión:

Confesión, confesión, Miguel. Juana se inclinó sobre él y le habló con dulzura. –Fray Bavón, aquí no hay ningún sacerdote. Un acto de contrición os será suficiente. ¿Queréis que recemos con vos? -¡Mierda! –exclamó el moribundo-. Necesito confesión. Debo confesarme. Que Miguel me escuche. Debo confesarme con Miguel. Todo aquello parecía sólo fruto de los delirios de un agonizante, me producía temor y repugnancia. Sin embargo, comprendí que debía aceptar sus deseos. (…) -Miguel, hijo, necesito tu perdón. Yo he pecado contra ti, contra los tuyos. Desde que eras niño he sido ruin contigo. Te he tratado con burla. Nunca miré con afecto a tu madre, ni a tus hermanos. Algunos juzgaron que era vuestra sangre india lo que me ofendía. Pero no era eso, Miguel, no era eso (…) -Miguel, yo traicioné a tu padre. Aquella jornada, él no quedó atrás voluntariamente, ni por un hecho fortuito. Yo le hice perderse, yo le abandoné. Llovía mucho y nuestra retirada era muy difícil. Él estaba herido en una pierna. Le dije que me cubriese mientras buscaba ayuda. Él quedó enfrentado a nuestros perseguidores. Yo llegué hasta el grueso de la tropa y vi que los sobrevivientes estaban subiendo al bergantín. Tu padrino me preguntó por él. ‘Ha muerto’. Eso dije. Dije que había muerto, y permití que el bergantín zarpara sin él. (…). Aquella misma tarde, en el templo, antes de la batalla, habíamos encontrado tu padre y yo (esta esmeralda). Me enloqueció su hechizo. La quise sólo mía. Por eso le traicioné, le abandoné, dejé que se perdiese . 

  Se describe también un fenómeno que no debió de ser infrecuente en la transición de las personas de los cultos idolátricos al cristianismo: cómo el abuelo, al que una noche sorprende su nieto, Miguel, en una estancia apartada dando culto a un ídolo, culto que hacía compatible con su profesión declarada de fe cristiana:

Al principio no fui capaz de desentrañar el significado de aquellas luces. Cuando mis ojos reconocieron el lugar, descubrí que rodeaban un pequeño túmulo, o altarcillo, sobre el que brillaba un objeto. Había un bulto delante: era mi abuelo, sentado sobre sus piernas arrodilladas. Mantenía inmóvil el cuerpo, pero sus manos desparramaban pétalos de flores en el suelo, ante sí. Le oí murmurar una salmodia suave. (…) Estaba desnudo, salvo un faldellín que le cubría las vergüenzas, y tenía todo el torso, en el pecho y en la espalda, cubierto de marcas de pintaderas: huellas de felino, rastros de pájaro. Me sentí inmediatamente atrapado por un sentimiento de horror: ya que mi abuelo, de aquella forma adornado y postrado, estaba rindiendo culto a un ídolo .

Y concluye Miguel realizando esta valoración de lo que acababa de ver en su abuelo:

Muy a menudo nos advierten los buenos frailes del continuo acecho del diablo, que a todos nos quiere llevar al mal sendero, pero muy especialmente a quienes fueron sus antiguos adoradores, bajo la advocación de los antiguos dioses; y aunque los españoles trajeron la fe verdadera, y tras la conquista, la pacificación originó la conversión y el bautismo de los indios, quedan al parecer gentes que, devotas aparentemente de la nueva fe, permanecen sin embargo fieles, en el secreto de sus corazones, a aquellos dioses de la antigua religión. Y yo descubrí que mi abuelo era uno de ellos .

A la vez, aparecen también, cuando la ocasión lo requiere por el contexto histórico personajes que son y se sienten cristianos e hijos de la Iglesia y practican su fe con rectitud, como el propio Miguel, Juana, la madre de Miguel, don Pedro de Rueda y su esposa Ana…


2. “Los sueños de Lucrecia”

De la historia de la Iglesia critica los hechos que son dignos de crítica, como la Inquisición, aunque se echa de menos una contextualización en los hábitos generalizados de esa época para no dejarse atrapar por los prejuicios de la leyenda negra. Como es bien sabido y documentado, en otros países europeos existieron instituciones similares más cruentas y, siempre, en esos lugares como en España, al servicio del poder político. Por ejemplo, en Los sueños de Lucrecia, que narra un hecho histórico real de una joven, Lucrecia de León, que tenía sueños “premonitorios” sobre el futuro de la monarquía y de España en el periodo final del reinado de Felipe II; esos sueños interesaron a algunos personajes de la nobleza y a algunos eclesiásticos con una visión “apocalíptica” del futuro, personajes que suelen proliferar en las épocas de crisis, dentro de la Iglesia Católica y fuera de ella. Entre estos algunos salen mal parados por su comportamiento poco cuerdo, como el clérigo don Alonso de Mendoza, en el que la protagonista, Lucrecia advierte ya avanzada la trama, que su cabeza no rige bien:

Don Alonso no repuso nada y en su ademán, los ojos demasiado absortos en un punto impreciso, la boca entreabierta en una mueca atónita y los dedos de las manos entrelazados en el gesto propio de la plegaria. Lucrecia vio con temor, por vez primera, una ausencia que parecía corresponder mejor con una mente desvariada que con la que podía albergar aquella noble y sapientísima cabeza .

Otros, son corruptos e inmorales, como Guillen de Casaus, con una hipócrita vivencia de la religión. Y otros son íntegros y veraces, como su párroco, de la Iglesia de San Sebastián, que la aconseja “rezar mucho y acrecentar las devociones a las vírgenes y a los santos”  y el dominico Jerónimo de Aguiar, su antiguo confesor, que le advierte con estas palabras del peligro de frecuentar a aquellos personajes locos y corruptos:

No es mi propósito coartar tu libre albedrío, pero sabe que si tratas más con ese Alonso de Mendoza, que tiene fama de loco, y con el guardián de San Francisco, que es un enredador, y con ese Sacamanchas y el Trijueque, borrachones ilusos, terminarás prendida con ellos y procesada por el Santo Oficio. En cuanto a ese Guillén de Casaus debes saber que es hombre desautorizado por el Consejo de Indias y que ha dejado abandonados entre los salvajes a su mujer y a su hija .

En todo caso, Merino suele suavizar su crítica con una mirada comprensiva sobre la debilidad del hombre, por un lado, y por otro, porque su finalidad primaria al escribir es realizar un ejercicio de literatura, no una crítica social o histórica, que tiene más cabida en otros géneros como el ensayo o la sátira; él pretende ante todo, hacer literatura y lo consigue en alto grado.


IV. ANTROPOLOGÍA DE LOS PERSONAJES DE LAS NOVELAS Y RELATOS

Para esta última parte del trabajo he elegido la novela El centro del aire, que forma parte de la Trilogía del mito. Y una colección de tres relatos que se titula Las palabras del mundo.


1. “El centro del aire”: algunas de las enfermedades espirituales contemporáneas: 

José María Merino es un narrador plenamente comprometido con su tiempo e hijo de su tiempo. Ha desempeñado cargos importantes en las políticas culturales. Conoce muy bien la mentalidad contemporánea y la refleja con acierto en sus relatos. Por ejemplo, en una de las novelas de la Trilogía del mito, El centro del aire, abunda una tipología de personajes que encarnan algunas de las enfermedades espirituales contemporáneas: personas sin referencias o que las abandonaron hace tiempo, personas perdidas, con unas vidas tristes, desamoradas, sin estabilidad afectiva y familiar, en busca de una felicidad que no acaban de encontrar… 

Les sucede a estos personajes lo que expresa, en mi opinión con acierto, García-Alandete, siguiendo a Viktor Frankl: “la experiencia de vacío y desorientación existencial y espiritual, característica de la sociedad occidental contemporánea, que (...) ha disuelto sus tradiciones y valores identitarios en el relativismo, individualismo, hedonismo, consumismo, narcisismo, la violencia y la autodestrucción. Algunas características de la sociedad actual occidental  pueden ser causa de frustración existencial, debido a la pérdida de referencias axiológicas y la ausencia o escasa relevancia en la vida de los individuos y las instituciones de normas claras que sirvan para orientar y dar sentido, que aporten dirección y significado” .

Vemos en El centro del aire que numerosos personajes sufren, en palabras de Víktor Frankl: “Pensemos sólo cómo sufre el hombre actual no sólo por una progresiva pérdida de instinto, sino por una pérdida de tradición: en ésta puede residir una de las causas de la frustración existencial. Lo vemos en el vacío interno y en la carencia de contenido, en el sentimiento de haber perdido el sentido de la existencia y el contenido de la vida” .

Esto es lo que les sucede a algunos de los personajes. En su infancia, Bernardo, Julio Lesmes, Magdalena, María Luisa… se habían formado en la fe cristiana que era la fe de sus padres, como refleja este pasaje de la novela:

estimulado por las piadosas costumbres de su madre, él practicaba entonces una devoción ingenua y a menudo rezaba a la Virgen pidiendo por el amigo, desde la convicción de que el amigo formaba de tal modo parte de sí mismo que era como si el otro, y no él, estuviese rezando y poniéndole a él en disposición de alcanzar la divina gracia. Pero, al margen de aquellos arrobamientos piadosos,  pensaba que por fin el náufrago había encontrado un compañero a su medida .

La novela refleja bien las causas del abandono de la fe que habían recibido de los padres, p.e. cuando cuenta cómo vivía su fe Magdalena: primero señala que la fe de la Iglesia que practicaba era una fe muy poco profunda, poco formada –casi confunde los espíritus sagrados con las hadas-; y tampoco ha recibido un ejemplo elocuente de sus padres, pues “decían” que veneraban, es decir, que no vio en sus padres un ejemplo convincente de la fe:

Desde que era niña hasta su juventud, Magdalena había creído firmemente en todos los espíritus sagrados que predicaban sus profesores y decían venerar sus padres, y estaban presentes en su imaginación, un poco mezclados con las hadas de los cuentos. En la fe de aquellas presencias invisibles, el mundo que la rodeaba complementaba su evidente solidez con el aura mágica de lo transitorio. Pero aunque seguía asistiendo a las ceremonias religiosas y cumpliendo en general con todas las actitudes externas que exigían los ritos de la Iglesia, hacía ya muchos años que miraba las cosas del mundo como la única realidad certera .

Se comprende que con ese fundamento tan poco hondo, abandonara las prácticas religiosas a la primera sugerencia de un amigo, pues no constituían para ella parte de una identidad arraigada ni algo valioso que informara su vida, sino un conjunto de prácticas que se cumplen por rutina: nunca indagó en los por qués de ellas, en las profundas razones que las sustentan:

Había sido Bernardo quien primero la empujó a abandonar sus creencias infantiles. Mientras ella terminaba en la ciudad sus estudios de Comercio, Bernardo y los demás se habían ido fuera a estudiar sus carreras. Cuando ella se marchó también a la Universidad, se veía con Bernardo, que sin duda se compadecía de su soledad y merendaba con ella algunas veces en una desvencijada chocolatería cercana a la glorieta de Quevedo. Solía ser ella quien procuraba la cita y a veces, venía con Bernardo María Luisa, e incluso Julio Lesmes. Una mañana de domingo Magdalena se cruzó con Bernardo; él llevaba dos libros bajo un brazo y una carpeta; ella le dijo que iba a misa. -¿Pero tú todavía crees en esas cosas? –le había preguntado Bernardo, con una sonrisa. Era un día de mayo sin nubes y el fuerte reflejo plateado e la luz trajo a la imaginación de Magdalena aquel momento, conmemorado en tantas pláticas famosas, en que el caballo de Saulo se encabritaba ante un súbito resplandor, derribando a su jinete. -¿Por qué no iba a creer? –repuso, pero a lo largo de aquella misa, los movimientos del sacerdote y del monaguillo le parecieron gesticulaciones sin sentido, el texto una serie demasiado larga de vocablos hueros y todo el acto un simulacro superficial. Y cuando salió a la calle sintió el desmayo de empezar a comprender que el fulgor provisional de las cosas mortales no era el anuncio de lo inmoral, sino el único testimonio de la vida .

Este abandono de la fe de su infancia y juventud trae muchas otras consecuencias que se aprecian en la novela. Las vidas de Bernardo, María Luisa, Magdalena y Julio Lesmes son vidas anodinas, sin ningún atractivo. En mi opinión, la razón es porque son personas que no encuentran un sentido en sus vidas y simplemente el tiempo pasa por ellas, no saben descubrir la belleza que encierra su vida cotidiana y no tienen un amor auténtico en su vida, sólo unas relaciones efímeras y egoístas, como se aprecia en la novela: Bernardo y María Luisa se separan y no saben muy bien por qué lo hacen; son personajes aburridos de sí mismos, lo que, en opinión de Víktor Frankl, es una de las características de la sociedad occidental contemporánea: “el hecho de estar aburrido y cansado de espíritu” ; son egoístas, cómodos, que tienen la vida resuelta y sin problemas y no saben apreciar que “lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado” , con lo que supone de vivir para darse a los demás, pues en eso consiste el amor, en darse: el amor es sobre todo, donación. Esta tipología de personajes que padecen las enfermedades espirituales contemporáneas son narradas magistralmente por Merino en esta y otras novelas y relatos.


2. “Las palabras del mundo”: la antropología teológica que manifiestan los relatos 

Como hemos señalado al principio, los relatos de José María Merino desvelan un conocimiento profundo de la realidad del hombre, lo que técnicamente podríamos definir como una antropología bien estructurada: los conceptos de libertad, de identidad y memoria, de amor, de fin y sentido están en la base de su construcción del relato, aunque lógicamente no aparezcan definiciones filosóficas, pues busca realizar un ejercicio de literatura, de alta literatura en muchos casos, no un tratado filosófico o teológico. Y también refleja muy bien las carencias de esos bienes básicos, lo que hemos llamado al escribir sobre algunas novelas, las patologías espirituales contemporáneas que afectan a las personas en mayor o menor medida: la soledad, el desamor o el desgaste del amor por no renovarlo; las relaciones poco profundas, la falta de comunicación entre las personas; la pérdida de identidad y de la memoria, es decir, no saber quién soy, de dónde vengo, a dónde quiero ir; la falta de sentido y de fin, la pérdida de los ideales de juventud, la infelicidad, la falta de orden interior…

 En la antropología teológica es un lugar común distinguir por un lado las huellas o vestigios de Dios en la creación material y por otro lado, la imagen y semejanza de Dios en el hombre, según el conocido relato del Génesis: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza” . Según esa imagen de Dios ha sido creado todo hombre. La semejanza de Dios es la elevación al orden sobrenatural por la gracia de la Redención de Jesucristo. José María Merino no aborda la semejanza. Pero sobre la imagen aborda con hondura la identidad, la libertad, el amor, el fin y el sentido y su pérdida y las carencias de estos bienes humanos.

A continuación voy a realizar un análisis desde el punto de vista literario-teológico de los

tres relatos que componen el libro Las palabras del mundo. Merino en un relato de misterio y de mundos imaginarios, aborda cuestiones fundamentales del hombre con una gran hondura:

a. “Bifurcaciones”:

Sinopsis de este relato: Gabriel Mestre está casado con Pilar, tiene tres hijos y es abogado. Con motivo de la celebración del 25 aniversario de la promoción de su facultad, es convocado a una cena de gala y han de hacerse una foto para la orla de ese aniversario. Cercana a la tienda de fotografías estaba la casa de Irene Herrero, chica a la que pretendió sin atreverse a decírselo. Al pasar por su casa, la encuentra y esta vez sí se atreve y hablan mucho y cenan… Al día siguiente intenta volver a ver a Irene, pero la casa de Irene estaba abandonada desde hacía muchos años, le dijo la portera. Acude a la cena del 25 aniversario y allí se entera de que Irene había fallecido ahogada en el mar el verano en que acabaron la carrera. Este hecho misterioso del reciente “encuentro” con Irene, que en realidad había fallecido veinticinco años antes le hace reflexionar a Gabriel y darse cuenta de cómo en su vida han existido momentos en los que ha tenido varias posibilidades de elección o bifurcaciones, y con sus decisiones libres ha elegido una de ellas, no la otra; y se plantea qué hubiera sucedido si hubiera elegido la otra.

Bifurcaciones es una historia sobre la libertad, cómo las decisiones libres de los hombres configuran su vida, que pudo transcurrir de una manera muy diversa. Y también de la ausencia de libertad: Gabriel, dejándose llevar por la timidez que no supo vencer, no se franqueó con Irene Herrero, la que pudo ser el amor de su vida. Al ojear la orla de la promoción, ve a Irene y rememora aquel amor no correspondido por parte de Irene: 

(…) Luego fue recorriendo los rostros de todos (en la orla), hasta que al encontrar el de Irene, percibió que se volvía a llenar algún cauce seco en los paisajes desérticos de la memoria, trayendo hasta él con ímpetu un recuerdo bullente y vivo (…). Desde que empezaron la carrera había sentido hacia ella una atracción fortísima, un deseo intenso que ninguna otra muchacha había logrado despertar en él (…). Sin embargo, y aunque con los años había llegado a existir entre ellos cierto compañerismo, nunca tuvo el coraje de intentar decididamente su conquista, pues desde el primer momento ella mantuvo hacia él una sutil actitud de alejamiento .

Gabriel se siente turbado ante ese recuerdo y deja la foto de la orla y regresa a la sala con su familia y siente un gran desapego hacía ellos; esa libertad movida por el amor, que es el mayor acto de libertad posible, ha perdido su vigor por no renovar el amor a su mujer e hijos y el amor y la libertad, que es su fuente, se ha desgastado por el paso del tiempo:

Regresó a la sala y cuando vio de nuevo a su familia, una extrañeza de signo diferente hizo presa en él y pensó, con el pesar de sentirlo como algo deforme, que acaso aquella Irene que había obsesionado sus días y sus noches de estudiante y que le había dejado el sabor de una frustración fundacional no estaba entonces más lejana que aquella mujer que se sentaba ante el aparato de televisión .

Unos días después acude a la tienda de fotografías, “Foto Beringola”, para hacerse las fotos de la orla, pero cuando llega acababan de cerrar, se da un paseo por el barrio, que antaño había frecuentado, pues por allí vivía Irene, y en la vivienda de Irene ve luces y, mientras observaba la fachada, la ve salir por el portal del inmueble y la saluda efusivamente:

-¿Qué ha sido de ti todos estos años, dónde te metiste? –preguntó él. (…) –Pero ¿qué fue de ti, qué hiciste todos estos años, la última noticia tuya era que te habías ido al extranjero con una beca. -¿Cómo que no supiste nada de mí –exclamó ella con cierto tono de reproche. El guardó silencio sin atreverse a confesar también que no había sido aquel barrio la única víctima de su infidelidad.(…) Cuando terminó la carrera (…) nunca había asistido a las reuniones que convocaba el rubicundo Campoy y el alejamiento se había solidificado durante el tiempo que trabajó lejos de la ciudad. (…) Perdí el contacto con la gente, -dijo al fin-. Estuve trabajando fuera unos cuantos años. –Así que no

sabes lo que fue de mí -exclamó ella con tono de burlona resignación- . 

Esta conversación con Irene, que se prolonga durante toda la noche, le hace pensar durante los siguientes días en qué sucedió aquel verano del final de la carrera, e intenta hacer memoria:

Un diminuto resquicio de su memoria le sugirió el vislumbre de una estación donde se encontraba esperando un tren que había de llevarle lejos: y poco tiempo después las dos imágenes coexistían, brillantes y sólidas en su memoria: el horrible verano en la casa familiar, perdido en un desaliento que le hacía levantarse pasado el mediodía, entre los lamentos maternos y las imprecaciones paternas, y el verano junto a los acantilados de una costa, donde alternaba los largos baños en el mar con los cuidados de los estanques de una piscifactoría .

Como sabe que esos dos recuerdos simultáneos no pudieron existir a la vez, hace memoria y cree recordar que se encontró con Irene en el vestíbulo de la Facultad al recoger las notas: 

Su esfuerzo por esclarecer la contradicción de aquellos veranos contrapuestos le hizo comprender que el encuentro en el vestíbulo era un misterioso punto de bifurcación, donde se memoria parecía titubear, aunque al cabo siguiese con más seguridad el camino que le llevaba a un periodo de angustiosa apatía, a sus primeros empleos, a la vinculación con el bufete de su tío Jaime, en una ciudad del sur, al encuentro de Pilar y a todo… .

Pero sigue reflexionando y piensa también:

Sin embargo, la intuición de que aquel verano pudiera no haber sido así, de que acaso había elegido otro ramal de la bifurcación, no se atenuaba .

Desea aclarar con Pilar, su mujer, cómo la conoció, cuándo y dónde:

… recapituló cuidadosamente aquel encuentro, la fiesta navideña en un casino de provincias, los trajes de etiqueta y los vestidos de gala, la música que tocaba una orquestina estridente, y supo que la memoria de aquella noche debía enfrentarse también con una bifurcación, en una de cuyas derivaciones estaba Pilar con un vestido rosa (…). No intentó imaginar lo que habría en la otra derivación, pero sabía que allí no estaba Pilar y que el camino por aquel lugar, si fuera capaz de recorrerlo, le conduciría a un presente que no tenía nada que ver con el que parecía el único posible. Y siguió desvelado durante mucho tiempo .

Gabriel Mestre por fin acude a la cena de celebración del 25 aniversario de la promoción para buscar a Irene y, al no verla, pregunta por ella y le dicen:

Pero hombre, Mestre, pero cómo no te has enterado, la pobre Irene murió al poco de terminar la carrera. Se ahogó en el mar, practicando vela. (…) Si hasta hicimos un funeral por ella. Y misa de cabo de año durante unos cuantos. La gente miraba las fotografías, bromeaba, entregaba los vasos vacíos al camarero mientras abandonaba lentamente la sala para entrar en el comedor, donde había una larga mesa adornada con rosas rojas. Él los miro entrar e irse agrupando y sentando según las preferencias de su amistad. Entonces resolvió seguir el otro ramal de la bifurcación, el que le llevaba a la casa de Irene, y cuando entraba en un taxi vio llegar a la tuna… .

Llega a la antigua casa de Irene y llama y no le abre nadie; y fuerza los batientes de la puerta y encuentra la casa vacía y deshabitada; y en la cama un sobre con la foto de orla, y elucubra:

Ahogada, pensó. Su memoria recorrió el camino que le llevaba a la desorientación de aquel verano último de la carrera y volvió a reconocer el rostro de ella en la sombra fresca del vestíbulo de la facultad. Aquel encuentro habría sido el principio de una relación .

Y construye mentalmente la relación que podría haber sido y no fue, y que se encontrarían

en el agosto en Francia y se imagina lo que podía haber pasado en el accidente de Irene y él:

Al domingo siguiente, cuando el barco estaba alejado de la orilla, un súbito cambio de mar hizo cada vez más difíciles las maniobras, hasta que el barco zozobró tras un suave pero implacable vuelco. Siguiendo las instrucciones de Irene intentaron enderezarlo, pero la quilla se quebró bajo sus pies. En aquel punto su memoria intentaba remansarse en otra concavidad: ambos se aferraron al caso del barco y permanecieron allí muchas horas, al principio juntos, luego cada vez en posiciones más alejadas e inestables, hasta que la tempestad puso mayor fuerza en las olas y él sintió la angustia de perder definitivamente la precaria seguridad del casco .

Abre el sobre que había encontrado en la casa de Irene que contenía la foto de la orla y ve el rostro de Irene y busca el suyo:

Buscó luego su propio rostro sin ansiedad, aunque tenía la seguridad de que no iba a encontrarlo. Su constatación no le hizo sentir otra cosa que una mansa pesadumbre, a la medida de la soledad deshabitada y polvorienta de la casa, que tan bien reproducía la de esos panteones que nadie frecuenta o esas pequeñas iglesias perdidas en el monte. Se sentó en la cama. Sin duda Irene y él no habían estado en la misma conmemoración: y ya sin prisa ni desasosiego alguno intentó encontrar el punto que, derivando por los tortuosos caminos de la memoria, le llevaría hasta aquella misma noche y aquella misma casa, donde había de permanecer esperando la llegada de Irene, que aparecería al fin sosteniendo en las manos una orla conmemorativa en que figurarían los retratos de los dos .

El relato culmina con la vuelta a la realidad de Gabriel, a la bifurcación que tomó hacía veinticinco años y que le llevó a su vida actual, con su esposa Pilar, sus hijos, y en su casa. También el relato es una historia del desgaste de la libertad, la rutina mala a la que le lleva una vida familiar sin que se renueve el amor y sin comunicación, que se aprecia en el final y en otros momentos del relato al no contarle nada a su mujer de todo lo que le ha sucedido:

Pero aunque el ruido de la tele parecía dominar cualquier otro sonido cercano, Pilar debió percibir su movimiento, porque tras volverse para regresar al despacho, él escuchó su voz. Pilar había separado la mirada de la pantalla y la fijaba en él con aire interrogante. -¿Querías algo? -preguntaba ella, tras bajar el volumen del aparato. -Nada –contestó él, comprendiendo que no es posible desandar con acierto los laberintos de la memoria-. Me invitan a celebrar el veinticinco aniversario de la licenciatura. Acabo de verme en la orla y no me puedo creer que haya pasado tanto tiempo. Y se echó a reír para encubrir su desasosiego .


b. “Imposibilidad de la memoria”

Sinopsis del relato: Una mujer viaja a un lugar para las vacaciones donde espera a Javier. Javier no llega ni llama, pero identifica un leve olor, más tarde, unos golpecitos, y por último, unos sonidos como de alguien que rasca el suelo de madera. Habla con el socio de Javier, Alexander, que también le espera, y con el vecino, que había observado un comportamiento raro en Javier la última vez que le vio. Al final, ella también se disuelve en la nada… No aparece nunca el nombre de ella, que, además, está leyendo una novela banal, sin sustancia y que al ver un retrato suyo de joven, se siente lejana.

Este segundo relato es una narración sobre la identidad y su pérdida por la falta de memoria, pues en la memoria reside parte fundamental de la identidad; y también es un relato sobre la incomunicación en las relaciones interpersonales, que daña la memoria; y sobre los ideales que dan sentido a una vida y cómo la pérdida de los ideales hace perder el sentido de la vida:

Volvió entonces a pensar en que Javier, con los años había cambiado bastante. Se había hecho más introvertido, muy propenso a silencios ensimismados. Dormía cada vez peor, y siempre ayudándose de pastillas. Con el paso del tiempo había dejado de oír música (…), apenas compartía con él comentarios que tuvieran como referencia otras anécdotas que las de la inmediata domesticidad, y sólo algunos libros (…) alzaban todavía entre los dos ciertos puentes esporádicos para alguna charla que pudiese trascender las vacuidades cotidianas .

Y, después de rememorar a Javier, pensó:

Enloqueceríamos si fuéramos capaces de comprender hasta qué punto podemos llegar a cambiar. Nos convertimos en otros seres. Ese doble vampírico de algún relato de terror’, pensó (…). Javier había cambiado mucho, pero acaso fuese cierto que la pérdida de identidad era una de las señales de este tiempo, y que ya no quedaba en el mundo nada humano que pudiese conservar su sustancia. Él mismo lo había afirmado con frases rotundas, en una de aquellas ocasiones que mantuvieron: -La identidad ya sólo existe en las ensoñaciones de los ayatolas, de los aberchales, de gente así (…). Aunque parezcan irreductibles, son puras figuraciones, delirios. Realmente ya no hay nada que mantenga el alma igual, día tras día. Desgraciadamente, ya no está loco quien cambia, sino quien no es capaz de incorporarse a la continua mutación de todo. De ahí la imposibilidad de la memoria .

Estas reflexiones de la mujer sobre su vida y la de Javier, mientras le espera, corren paralelas al leve olor que percibe en una esquina de la casa, entre el armario y el ventanal, pero que se extiende por todo el piso, que más tarde se transforma en un:

entrechocar de piezas diminutas, un castañeo”, que “no era un sonido aislado, esporádico, sino un rumor que, aunque casi inaudible, persistía. Como un tiritar .

Vuelve a su habitación y ve que su retrato de muchacha no aparecía, pero comprueba:

que el retrato permanecía allí, aunque boca abajo, con el soporte plegado. Colocó de nuevo el retrato en la posición habitual y se contempló a sí misma en su imagen de joven estudiante, con un sentimiento de desconfianza y lejanía .

Merino juega, como se ve con estos episodios para acentuar la sensación de pérdida de identidad: el propio retrato de joven que la mujer lo observa con sensación de lejanía y desconfianza: también la mujer está perdiendo su identidad. Y Javier, como se advierte en el relato, la ha perdido hace tiempo, pues no aparece en el piso en el que había quedado con la mujer, y tampoco ha aparecido en la reunión de trabajo que había acordado con su socio Alexander, que llama disgustado al piso preguntando por él. Angustiada, la mujer sube a hablar con el vecino, que es el último que vio a Javier, y el vecino le cuenta:

…estaba raro (…) estaba sentado en el suelo, de espaldas contra la pared, hablando solo. Tenía el  gesto muy serio. (…) Entre el armario y el ventanal. Inmóvil, como una escultura. (…) Decía cosas un poco estrambóticas, como si discursease. Hablaba de la imposibilidad de la memoria .

También es un relato sobre la incomunicación, que lleva también a la pérdida de identidad, pues la identidad se edifica sobre el relato de dónde venimos, cuál es nuestra historia que conserva la memoria. Por eso es tan importante recordar la historia personal y la historia colectiva, saber de dónde venimos. Pues si no sabemos de dónde venimos, no sabemos quiénes somos, desconocemos nuestra identidad. Y si no sabemos quiénes somos, no sabemos a dónde hemos de ir, a dónde hemos de dirigirnos. En resumen, la identidad se construye con la memoria. Y se construye también, porque no somos mónadas aisladas en el mundo, con la comunicación interpersonal. 

Y la mujer advierte que hacía tiempo que no hablaba con Javier de nada de interés:

Sin embargo, una secreta sospecha acosaba a veces su seguridad. Hacía mucho tiempo que no hablaba con Javier de muchas cosas, pero sobre todo de lo que concernía a su propia relación. Todo  entre ellos estaba dicho ya y parecía imposible recuperar la comunicación. Rumiantes de una confianza lejana, apenas trataban temas que no se adscribiesen a la rutina de los calendarios. Así, no podía asegurar que Javier no pudiese estar atravesando un periodo difícil (…) Sintió la comezón de la mala conciencia: ‘En las navidades pasadas hablamos mucho’, pensó. Pero no de ellos. Hacía muchos años que no se contaban nada personal .

Revisa la mesa del despacho de Javier para intentar descubrir alguna pista sobre dónde está y observa los recuerdos, papeles y fotos de Javier en los que había participado; ahora le parecía:

que nada de aquellos antiguos testimonios era para ella cercano, pues todo parecía propio de una antigüedad ajena. Sin embargo, aquellos restos le devolvían inevitablemente, el talante ostentado con tanto fervor, la huella inconfundible de aquellas pasadas certezas .

Y a esa pérdida de identidad, provocada por la falta de memoria y de comunicación, se une el desvanecimiento del entusiasmo y de la ilusión por los ideales de juventud:

Recordó la fe de Javier y su propio enardecimiento, cuando estaba encendido dentro de ellos, como un afán obsesivo, como una vivísima y reconfortante pasión, el odio contra aquel mundo en el que vivían; cuando estaban seguros de que todo iba a transformarse y de que eran ellos, precisamente ellos, una parte de lo que iba a ser capaz de transformarlo todo. En aquellos poemas, aquellas frases lapidarias y aforismos, entre los discursos, las soflamas y las gacetillas, resecas como las hojas que se han guardado entre las páginas del diccionario, aquellas convicciones estentóreas de que el mundo iba a ser distinto, sin hambre ni ignorancia, sin guerra ni miseria, sin explotación ni privilegios .

Esta pérdida de fe en el ideal se produjo poco a poco:

A veces, ya en tiempos más cercanos, ambos se burlaban de su ardor de entonces, de tanta crispación de ribetes heroicos. Y era verdad que en aquel tiempo todo estaba arropado de retórica, de idealismo pretencioso, aunque el mayor peligro –con el abuso que hacía a unos pueblos del mundo infinitamente pobres, frente a otros que lo derrochaban todo- era la guerra nuclear .

Habían vivido todo aquello con temor a una guerra nuclear, luego con miedo a la destrucción de la naturaleza por la acción del hombre, “con la dedicación de los revolucionarios clásicos, en una mística de penumbra y entresuelos, con murmullos frenéticos, ropas oscuras y la intuición certera de una aurora naciente”. Pero en realidad lo que vino fue otra cosa:

la catástrofe, el arma definitiva, ha sido el ridículo: han conseguido que los soñadores se avergüencen de sus utopías. (…) Con los años y el fracaso de aquella fe se habían acostumbrado a considerar que todo había sido solamente aparato, artificio, todo falso e impostado .

Javier en esa conversación reflexionaba y dudaba y se preguntaba si:

¿Era realmente así? ¿Tenían razón estos costumbristas diletantes que pretendían rememorar aquello desde la falsedad de presentar a los jóvenes revolucionarios como huéspedes cómodos de hoteles de lujo? ¿Debía sonreírse, como si asintiese, y aceptar el olvido como algo beneficioso? .

Le parecía que aquellos ideales transcendentes de transformar el mundo eran valiosos. Y lo son, pues constituyen también parte relevante de la identidad y del sentido de la vida, pues una vida sin ideales es una vida que pierde su sentido. Esta actitud es la que califica Víktor Frankl de “neurosis colectiva de nuestro tiempo”, que tiene como características “la actitud vital efímera o provisional, el fatalismo, el conformismo o colectivismo y el fanatismo, a lo cual añade la negación de la propia personalidad –en el caso del conformista o colectivista- o la personalidad ajena –en el caso del fanático-, y el nihilismo: el hecho de estar aburrido y cansado de espíritu: el vacío existencial interior” . Y la metáfora de la desaparición-disolución de Javier está bien traída y puede significar eso: su disolución por falta de sentido y por una falta de horizontes vitales, que le llevan a que su vida, para él, no merezca la pena ser vivida, y desaparezca; y no avise a la mujer con la que había quedado, pues la vida de ella no le importa, pues “niega la personalidad ajena” (Viktor Frankl). Comenta al ver una fotografía de entonces: 

Todos nosotros estamos haciéndonos invisibles .

Esta frase de Javier le recordó que el olor era parecido a una loción de afeitar que Javier había comprado en la liquidación de una droguería de barrio, siendo joven, y que al olerla ella le pareció pasada y descompuesta, y Javier le contestó que "había perdido el espíritu”; y también recordó que los otros ruidos eran similares a algunos que realizaba Javier rutinariamente. Se dirigió a la esquina de la casa de donde procedían y musitó: 

¡Javier! Y los arañazos y castañeteos se aplacaron. (…) ‘Javier’-repitió- ¿qué ha sucedido? Pero la presencia invisible –porque al fin sabía ella que de una presencia invisible se trataba- continuó en silencio . 

La mujer se traslada establemente a esa esquina de la casa, no responde a las llamadas de teléfono ni al portero automático, pasa así todo el mes de agosto y acaba también perdiendo la propia personalidad y disolviéndose en la nada (de nuevo, el nihilismo de parte de la cultura contemporánea):

El primer día de septiembre se levantó muy temprano, inquieta por un sueño que no era capaz de recordar. Fue deprisa al cuarto de baño y buscó su rostro en el espejo. (…) Buscó su propio rostro, pero no halló sino la soledad del cuarto vacío, en una perspectiva imposible para cualquier mirada humana. Pues todo rastro visible de sí misma había también desaparecido .


c. El viajero perdido

Un escritor maduro, que lleva tiempo sin poder escribir, se encuentra por la calle en un día de lluvia intensa, ya de noche, a un viajero que le repite varias veces “Estoy perdido” y le pregunta angustiado y con prisa por la estación de tren. Cuando llega a su casa, se lo cuenta a Berta, e inicia un relato por primera vez en mucho tiempo, con ánimo y vislumbrando el final; y comienza un relato con la imagen en la cabeza del viajero perdido que acababa de preguntarle:

Persistía en su mente aquel rostro despavorido sobre una figura empapada, adquiriendo la brumosa consistencia de los personajes novelescos (…) y redactó unas notas. Un hombre deambula por una ciudad desconocida. Un hombre atemorizado vaga por una ciudad que no conoce (…) Un hombre recorre una ciudad al atardecer. Viajero habitual, proviene de un lugar lejano y es del todo extraño a unas calles donde el viento arremolina billetes viejos de lotería, hojas y colillas. En sus ojos hay tal expresión de fijeza desolada, que los transeúntes con los que se cruza le observan con sorpresa (…): se detiene ante los escaparates (…) buscando un ángulo que le permita descubrir su propio reflejo, como para reconocerse .

Habla con Berta, su mujer, y le cuenta que está escribiendo un relato después de mucho tiempo sin hacerlo. Berta le pregunta sobre qué trata y le comenta:

Un hombre recorre una ciudad lejana, en la que se encuentra perdido, asustado, como si le persiguieran. (…) Acaso no haya perseguidor ajeno y su angustia provenga solamente de sí mismo, de sus propios fantasmas. (…) Cambia habitualmente de ciudad, de clima, de ambiente callejero. Con los años, la rapidez y continuidad de los cambios y la persistencia del mal recuerdo le van haciendo surgir en su ánimo una extraña ansiedad. Acaso teme que un día, en alguna de esas ciudades ajenas, no sepa regresar al hotel e incluso se olvide de quien es .

Y a la pregunta de Berta sobre cómo va a continuar el relato, contesta:

No lo sé. (…) Lo tengo ahí, andando de un lado para otro, dando vueltas y vueltas, como en un laberinto, y es una imagen que en lugar de inquietarme, me tranquiliza. Como si en esa ansiedad suya, cuyas causas yo no conozco todavía, se descargasen todas mis desazones .

Aquí el escritor protagonista realiza dos afirmaciones capitales para entender el sentido del relato: que la ansiedad del viajero perdido es su propia ansiedad, de la que se queda tranquilo al descargarla en el relato; esto es, el escritor se encuentra tan perdido como el viajero y este extravío le genera una gran ansiedad. 

Y esta pérdida le sucede también a Berta, que comienza a padecer pesadillas en sueños con el viajero perdido y a despertarse gritando aterrorizada, diciendo:

Me miraba. Había alguien aquí que me miraba. Era un hombre. Su rostro estaba muy cerca. Un hombre me estaba mirando con un gesto atroz (…) un hombre con los ojos encendidos de miedo. Un hombre en una calle gris, de casas bajas y feas, en una ciudad polvorienta. (…) Es el hombre de tu cuento. Es ese mismo viajero lleno de terror. (…) Tienes que sacarlo de ahí. (…) Tienes que sacarlo de ahí .

 Pero deja de tenerlas cuando el escritor le promete que retomará el relato y lo acabará. Berta realiza un viaje profesional a una ciudad (Ceuta o Melilla). Cuando ha salido Berta, el escritor la echa de menos, pues la presencia de Berta le ayudaba. Lo cuenta así:

Ella se fue muy pronto, y aquella noche él lamentó dolorosamente su ausencia. Tras un matrimonio desbaratado y algunas aventuras sin fortuna, esta relación pese a los problemas que a Berta la tenían tan nerviosa en los últimos meses, le había hecho encontrar un equilibrio que antes ignoraba, regularizando su modo de vida. Bebía mucho menos, fumaba solamente tabaco, estaba al día en todas sus lecturas, cumplía todos los encargos y hasta había perdido aquel furor de otros tiempos, la amargura que le inundaba cuando sentía pasar los días  y los meses sin que fuese capaz de ordenar por escrito una ficción . 

Berta se queda atrapada allí por un temporal que impide la salida de barcos y aviones, y conoce a una persona que parece identificarse con el viajero perdido del relato. Este le cuenta sus peripecias del trabajo, los inicios ilusionantes y ella los igualmente animados comienzos de su trabajo. Pero el viajero comenta cómo con el paso del tiempo, fue perdiendo la ilusión y:

él le relata todos los extremos de su progresivo miedo, cómo al correr de los años y de los viajes ha ido sospechando que un día olvidará su nombre, se perderá sin remedio entre las callejuelas de una ciudad como ésta… .

En esa conversación, ella, Berta, le cuenta también lo perdida que está interiormente. Este es otro de los síntomas de las pérdidas contemporáneas, el desamor y el sentimiento de soledad:

…ella le contó sus sucesivas decepciones amorosas, le habló de su actual compañero, con quien la unía principalmente un sentimiento amistoso y el esfuerzo de evitar la soledad. ‘Pero estoy muy sola’, confesó .

Sentimiento de soledad que comparte también el viajero:

Entonces él acercó su rostro y le relató la pérdida de su mujer, en un accidente, bajo la lluvia del invierno. ‘Ese recuerdo no me deja vivir’, murmuró. ‘No consigo olvidarla, no puedo olvidar aquello’, exclamó. ‘Lo llevo siempre dentro, como un demonio que no tiene piedad. Como una bestia que roía su imaginación abriendo continuos desgarrones .

Mientras, el escritor aborda el relato para acabarlo y toma la misma forma que lo que le está sucediendo a Berta. Él intenta cambiar el relato, pero al final ve que la mejor versión es la que está escribiendo, en la que por fin pueden salir de la ciudad aislada por el temporal Berta y el viajero y en ese viaje en barco, el viajero reconoce en Berta el rostro de su mujer accidentada, y Berta se reconoce en esa identificación. El escritor siente que no quiere conducir el relato por ahí, pero que el relato toma vida propia en contra de su voluntad:

era la media tarde del sábado y estaba lleno de despecho. ‘Es un relato absurdo’, pensó, sabiéndose avasallado por aquella historia que buscaba desarrollarse sin coincidir plenamente con su voluntad (…) se encontraba torpe y adormilado, pero se aferraba al relato como a un conjuro cuyo abandono pudiese acarrearle toda clase de penas e infortunios. Se encontraba muy solo, en una tarde llena de malos presagios que se alargaba con irreal lentitud, y el relato, aunque rebelde a algunos de sus designios, era al menos un testimonio de realidad y de coherencia (…). Aquel quiebro en la trama –un inesperado restallido en la imaginación- interrumpió definitivamente sus esfuerzos. Estupefacto, releyó el último fragmento: sin que él pudiese comprender las razones, el viajero perdido resultaba hallarse (…) en unos contornos nunca sospechados ni previstos por el narrador .

Desconcertado, sintiendo la soledad, piensa:

embebido en el desconcierto ante el desarrollo de su relato, que no parecía conducir sino a la confusión y a la locura. El progresivo desánimo le llevó por fin a la consideración implacable de la propia soledad .

Se duerme y a la mañana siguiente, temprano, le llama Berta por teléfono diciendo que ha llegado a la Península, que ha de tomar un avión a mediodía y que:

Tengo algunas cosas que hablar contigo. En el tono de sus palabras sospechó él una amenaza insidiosa y no supo qué responder. (…) Se sentía muy desasosegado y se fue a la calle. El domingo se manifestaba despoblado y silencioso. (…) No quería pensar en Berta, preso de una sombría premonición .  

Después de vagar por las calles, toma una decisión:

Mas un impulso de inescrutables resonancias le obligó a regresar a casa. Encendió el ordenador, introdujo el disco de ficciones, buscó en el sumario el relato que estaba escribiendo desde hacía tantos meses y dio órdenes precisas para hacerlo desaparecer. Y cuando el relato quedó borrado, respiró. Una vez más había sido incapaz de terminar una historia y acaso también esta vez el recuerdo del planteamiento no resuelto se iría pudriendo en su obsesión, impidiéndole durante mucho tiempo ordenar los elementos de otra 

El tercer relato aborda cómo algunas personas están perdidas afectiva y relacionalmente: desamorados, con gran sentimiento de soledad, atenuada por compañías efímeras, poco satisfactorias por su falta de hondura. La historia de este escritor maduro y de su mujer también refleja otros síntomas de las patologías espirituales contemporáneas: un escritor que no es capaz de dar fin a los relatos, es decir, culminar su trabajo, ni tampoco dar una finalidad a su vida. Y ambos experimentan “fatiga, agotamiento, desasosiego” , síntomas contemporáneos.


V. CONCLUSIONES:

Como adelanté al comienzo de este trabajo, las conclusiones a las que he llegado después de la lectura y estudio de los ensayos, novelas y relatos de José María Merino son las siguientes, desde mi punto de vista: 

1. Como casi todos los escritores españoles de su generación –nació en 1941-, ha recibido una formación cristiana y conoce la religión y la Iglesia Católica, que ha experimentado en el hogar familiar y en las tradiciones populares que se suelen vivir en nuestro país. P.e.: en algunos poemas recogidos en Cumpleaños lejos de casa; en la novela el Caldero de oro de las Crónicas mestizas; en la Trilogía de las novelas de la historia, especialmente Los sueños de Leticia. Muestran un conocimiento experiencial, que no excluye el estudio y la documentación. 

2. Como un cierto porcentaje de escritores de su generación, desarrolla una aproximación algo crítica a la fe cristiana y a la Iglesia Católica, pero en su caso es respetuosa, no beligerante, como se observa p.e. en los poemas recogidos en Cumpleaños lejos de casa. Merino tiene un hondo sentido del pasado y de lo sacro y, aunque lo desvincula explícitamente de su origen en la religión y en Dios, adscribiéndose a la presente secularización, nos parece más una declaración de intenciones y, tal vez, un tributo a corrientes culturales contemporáneas que no distinguen suficientemente las distintas secularizaciones, algunas conformes con una visión cristiana de la vida, como por ejemplo, la secularización no laicista  propuesta por el filósofo canadiense Charles Taylor .

3. En sus personajes se trasluce una visión de la persona humana de raíz cristiana: elabora sus relatos con conceptos de antropología teológica de matriz cristiana, no expresados explícita, sino implícitamente. Desde mi punto de vista, en él se cumple el pensamiento del filósofo italiano Benedetto Croce: “No podemos no llamarnos cristianos”, refiriéndose a que una persona que ha crecido en el ambiente cultural europeo, ha bebido como por ósmosis una concepción de la persona humana que brota de la cultura grecolatina informada por la tradición judeocristiana. En sus relatos aparecen tratados con hondura la libertad, el amor, la identidad y la memoria, el sentido y el fin; y los efectos que generan sus carencias en las personas, es decir, las patologías espirituales contemporáneas. Víktor Frankl ha calificado estas patologías espirituales contemporáneas como una enfermedad existencial de tipo neurótico: “neurosis noógena” o “neurosis colectiva de nuestro tiempo”; y otros autores, fijándose más en la dimensión religiosa, las nombran como acedia espiritual : la pérdida de sentido, de la identidad y memoria, el desamor, la incomunicación y la soledad, la infelicidad y el egoísmo que generan las vidas sin sentido y sin un amor auténtico entendido como donación, pues queriendo exaltar la libertad, no se dan cuenta de que el acto esencial de la libertad es el amor .

4. José María Merino realiza un ejercicio de literatura –de alta literatura- con esta visión de la persona humana y engarza con la gran tradición de la narrativa occidental. Algunos de sus relatos se encuentran entre los mejores de nuestra literatura y, como hemos señalado, ha contribuido, junto con otros compañeros de generación, a renovar la narrativa contemporánea.   


VI. BIBLIOGRAFÍA:

-Alonso, Santos. Introducción. Cuentos de José María Merino. Ed. Castalia. Madrid, 2000.

-Carabante, Josemaría. Charles Taylor, un filósofo que tiende puentes. 23.5.2007. www.aceprensa.com, 

-Croce, Benedetto. Por qué no podemos no llamarnos cristianos. Artículo publicado en 1942. En “Discorsi di varia filosofía”. Laterza, Bari, 1945.

-Diéguez, Julio. Formar personas libres. Ed. Letra Grande. Madrid, 2020.

-Encinar, Ángeles. Aproximaciones críticas al mundo narrativo de José María Merino.

León. Edilesa, 2000

-Escrivá de Balaguer, Josemaría. Surco. Ed. Rialp. Madrid, 1988, 5ª ed.

-Frankl, Víktor. Psicoanálisis y existencialismo. Ed. FCultura Económica. México, 1991.

-Frankl, Víktor. Logoterapia y análisis existencial. Barcelona. Ed. Herder, 1994.

-García–Alandete, Joaquín. Acedia y vacío existencial. Scripta Teológica. Vol.52, N2.8.20.

-Martínez, Jesús Felipe, Martínez Menchén, Antonio y Merino, José María. Los narradores cautivos: La literatura universal en una emocionante intriga novelesca. Ed. Alfaguara. Madrid, 1999. 339 pags. 

-Mateo Díez, Luis, Merino, José María, Aparicio, Juan Pedro. Cuentos de la calle de la Rua. Ed. Popular. Madrid, 1997.

-Mateo Díez, Luis. Discurso de contestación al ingreso en la RAE. Madrid, 2009.

-Merino, José María. Ficción continua. Ed. Seix Barral. Barcelona, 2004. 

-Merino, José María. El centro del aire. Ed. Alfaguara. Madrid, 1991. 

-Merino, José María. No soy un libro. Ed. Siruela. Madrid, 1998. 

-Merino, José María. Cuentos del libro de la noche. Ed. Alfaguara. Madrid, 2005. 

-Merino, José María. Las palabras del mundo. Ed. Edera. Madrid, 1998.

-Merino, José María. Las crónicas mestizas: El oro de los sueños, La tierra del tiempo perdido, Las lágrimas del sol. Ed. Alfaguara. Madrid, 1997.

-Merino, José María. Las visiones de Lucrecia. Ed. Alfaguara. Madrid, 1996.

-Merino, José María. Cumpleaños lejos de casa. Obra poética completa. 2ª ed. Ed. Edymon. Madrid, 1992.

-Merino, José María. Novelas del mito: El caldero de oro, La orilla oscura, El centro del aire. Ed. Alfaguara. Madrid, 2000.

-Merino, José María. Ficción perpetua. Ed. Menoscuatro. Palencia, 2014.

-Merino, José María. El heredero. Ed. Punto de lectura. Santillana. Madrid, 2004.

-Merino, José María. La orilla oscura. Ed. Alfaguara. Madrid, 1988. 3ª reimpresión.

-Merino, José María. Cuentos. Ed. Castalia. Madrid, 2000.

-Merino, José María. Cuentos del reino secreto. Ed. Alfaguara. Madrid, 1982.

-Merino, José María. Novela de Andrés Choz. Ed. Mondadori. Madrid, 1987.

-Merino, José María. Novela e historia. Pag. 64. Artículo consultado en internet

-Merino, José María. Ficción de verdad. Discurso de ingreso en la RAE. Madrid, 2009.

-Sturniolo, Norma. Fantasía, humor y metaliteratura en la mitificación de José María Merino. Pags. 111-115.

-Taylor, Charles. La era secular. Ed. GEDISA. Madrid, 2014.


20.8.20.